viernes, 7 de marzo de 2014
Capitulo III. Y a ti, ¿qué es lo que te gusta?
Al subir las escaleras Mariela empezó a sentirse mareada. No era por las cervezas, era el torbellino de emociones que bullían en su interior. ¿Tengo una aventura con mi jefe? Que piense en lo que me gustaría hacer. Que es todo un ritual verme aparecer. Y el becario que parece que no soy feliz. ¿Qué me pasa? ¿Qué es todo esto? ¿Qué es mi vida? ¿Quién soy?...Los pensamientos la avasallaban y tuvo que parar y sentarse en un escalón.
De repente le sonó el móvil. Miró la pantalla y ponía "MARIO", su marido. Bajó el volumen de la llamada, agachó la cabeza unos segundos entre sus piernas abiertas, tomó impulso y se levantó. Subió con pasos lentos, el móvil en una mano y el bolso colgando de la otra. Llegó arriba, el móvil estaba sonando de nuevo, abrió la puerta de casa y al entrar se cruzó con la mirada de su marido que tenía el móvil en la oreja.
- Mariela, ¿dónde estabas? Tres horas más tarde de tu hora. ¿Qué ha pasado?
- Nada, he salido tarde de trabajar, algunos contratiempos...- diciendo esto se dejó caer en el sofá exhausta.
- ¿Qué clase de contratiempos? - Mario impaciente.
- He salido tarde de trabajar y luego me he tomado unas cervezas...ya está.
- ¿Esto es todo lo que vas a decirme?
- No sé qué más quieres que te diga. - Mariela con desdén.
- Esto no funciona. ¿Lo ves? No hay comunicación, no cuentas conmigo para nada. Me paso el día entero pensando de qué manera podría llegar a ti, cómo hacerlo pero es imposible. No te dejas, Mariela.
Después de decir esto Mario empezó a caminar de derecha a izquierda nervioso.
- Otra vez no Mario, no sigas por ahí. - dijo ella aburrida.
Mario paró su paseillo y puso su cara a dos palmos de la de Mariela para que capatara toda su atención:
- No Mariela, otra vez no, esta será la última vez que te lo diga: o aceptas que vayamos al psicólogo o coge tus cosas y lárgate.
Mariela se quedó mirándo al que había sido su marido durante tres años inmovil. Su mirada se dirigía a él pero lo que ella veía era muy diferente. Veía la oportunidad de acabar con todo aquel sufrimiento que la estaba consumiendo y que se estaba llevando por delante su felicidad y la de una buena persona como era Mario. Veía la esperanza . Sus pulmones empezaron a llenarse de oxigeno como el que respira por primera vez después de haber sido rescatado.
- Esta bien, Mario. - dijo ella pausadamente - Siento haberte hecho gritar y el sufrimiento por el que te he hecho pasar. Sólo te deseo que seas muy feliz. No hay nada que arreglar, todo es perfecto ahora, Mario, somos libres.
Salió de casa dejando la puerta cerrada tras ella de un portazo sintiendo como si todo ocurriese a cámara lenta. La sensación de libertad era inmensa, sin culpa, sin miedos.
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